Alana Moceri
Fecha de creación
3 agosto, 2012
¿Está Romney en el punto de mira de la ira femenina?

Fuera de Estados Unidos puede que las elecciones de 1992 sean sobre todo recordadas por la
victoria de Bill Clinton, pero ese año electoral también es recordado como «El año de la mujer».
Muchas se sintieron estimuladas por el testimonio de Anita Hill sobre Clarence Thomas ante
una Comisión sobre Asuntos Judiciales del Senado compuesta íntegramente por hombres. Las
consecuencias se reflejaron en la adición de cuatro mujeres más al Senado, situando el total en
seis, una cifra sin precedentes. Mi Estado natal de California se convirtió en el primero en ser
representado en el Senado por dos mujeres -Barbara Boxer y Dianne Feinstein- y, como joven
feminista y reciente graduada en ciencias políticas por UCLA, me sentí eufórica.
20 años después, y pese a los logros de Hillary Clinton y Nancy Pelosi, estamos todavía lejos
de conseguir la paridad de género en el Senado (con un total de 17 mujeres entre sus 100
miembros) y la Cámara de Representantes (76 de 450 miembros). De hecho, la Inter-
Parliamentary Union ha colocado a Estados Unidos en el puesto 79 del mundo este año en la
clasificación de representación femenina en los órganos legislativos nacionales.
Desgraciadamente, 2012 no se está desarrollando como un año en el que vayamos a cambiar
significativamente estas deprimentes cifras. Serán las mujeres que emitan su voto, más que las
que se presentan para ser elegidas, quienes afectarán significativamente el resultado de estas
elecciones.
La llamada brecha de género, (gender gap) —la diferencia entre el porcentaje de mujeres y el
porcentaje de hombres que votan por un determinado candidato— ha sido evidente en cada
una de las elecciones presidenciales desde 1980, revelando que las mujeres prefieren a los
demócratas por un margen de 4 a 11 puntos. Esto se ve respaldado por una marcada brecha
de género en la identificación con un partido: un sondeo del Pew Research Center muestra que
el 52% de las mujeres se identifican con el Partido Demócrata mientras que sólo el 43% de los
hombres lo hacen. Y lo que quizá es más importante es que las mujeres acuden a votar en
mayor número: 10 millones más de mujeres que de hombres votaron en 2008. Obama
mantiene una ventaja en el mapa electoral en este momento y está concentrando su tiempo y
recursos de campaña en los importantísimos Estados bisagra. Pero el voto femenino se
extiende por todos los objetivos en cuanto a estados, raza e intereses especiales y, si quiere
ganar, necesita movilizar a estas votantes y hacer que acudan a las urnas en grandes números.
Por otro lado, Romney solo necesita desplazar estos números un poco en su dirección.
Comprendiendo estos cálculos electorales, y que la ira es un gran factor de motivación para
lanzarse a actuar, ha sido surrealista contemplar cómo los republicanos sabotean su propia
imagen ante las mujeres retrocediendo en el tiempo hasta los 60 gracias a una serie de
sucesos que pusieron el nada controvertido tema de los métodos anticonceptivos en el centro
de atención. En enero el candidato republicano Rick Santorum dijo que los estados deberían
tener derecho a declarar ilegal la venta de anticonceptivos. Poco después, la fundación Susan
G. Komen for the Cure anunció que dejaría de financiar a Planned Parenthood (el mayor
proveedor de servicios de salud reproductiva del país) en una decisión que provocó una
indignación generalizada. La fundación tuvo que dar marcha atrás en su postura y su
presidenta se vio obligada a dimitir.
Esta indignación, sin embargo, no impidió que la Conferencia de Obispos Católicos de Estados
Unidos se lanzara a buscar pelea a propósito de la política en materia de anticoncepción del
presidente Obama dentro del marco de la Ley de Sanidad Asequible, que requería a todo tipo
de empleadores, incluyendo escuelas y hospitales gestionados por la Iglesia, que incluyeran la
anticoncepción gratuita en sus planes de asistencia sanitaria. Poco después, las mujeres
estadounidenses experimentaron un flashback a 1992 cuando los republicanos de la Cámara
de Representantes invitaron a un panel de cinco líderes religiosos y profesores -todos los
cuales eran hombres- a testificar sobre religión y contracepción. Los demócratas de la Cámara
presionaron a los republicanos para que incluyeran a la estudiante de Derecho de la
Universidad de Georgetown Sandra Fluke en el panel, pero fue rechazada porque «no se halló
que fuera apropiada o estuviera cualificada» para testificar sobre libertad religiosa. Demócratas
y mujeres activistas por igual calificaron las acciones de los republicanos de «guerra contra las
mujeres».
Y una posterior e inevitable guerra estalló en los medios: el ultraconservador y célebremente
sexista locutor de radio Rush Limbaugh llamó a Sandra Fluke «casquivana». Estos comentarios
provocaron más indignación y el presidente Obama llamó de forma pública a Fluke para
ofrecerle su apoyo. Poco después, un destacado partidario del entonces candidato Rick
Santorum recordó con nostalgia cuando una simple aspirina se usaba como método
anticonceptivo que «las chicas se ponían entre las piernas» para evitar el embarazo.
Sobre Romney ha recaído en las encuestas el grueso del castigo por estas acciones de los
republicanos; el Pew Research daba a Obama una enorme ventaja del 20% entre las mujeres
en el apogeo de la «guerra» en marzo. Era quizá injusto para alguien que una vez apoyó el
derecho al aborto por deferencia hacia su madre, una mujer que había sido candidata a
gobernadora del estado de Michigan. Pero nunca se manifestó en contra de nada de esto
porque mientras sus colegas republicanos libraban esta guerra, él estaba en medio de las
primarias y no se encontraba en posición de enojar a su base conservadora.
Por su parte, Obama aprovechó al máximo esta oportunidad para publicitar una de sus
prioridades legislativas, la Ley de Equidad Salarial, que tiene el propósito de lograr la igualdad
de sueldos para las mujeres. Las mujeres estadounidenses actualmente ganan 77 céntimos por
cada dólar que gana un hombre, pero los republicanos del Senado mostraron su indiferencia
hacia las mujeres, y hacia el futuro de la campaña de Romney, bloqueando este proyecto de ley
en una votación a comienzos de junio.
Aunque la brecha de género entre Obama y Romney se ha estrechado hasta los 13 puntos en
la más reciente encuesta de Pew Research, Limbaugh ha vuelto a la carga, quejándose de que
«cuando las mujeres lograron el derecho a votar es cuando todo comenzó a ir cuesta abajo».
Romney no ha descartado elegir a una mujer como candidata a la vicepresidencia y los
nombres que circulan incluyen a Condoleeza Rice y a Kelly Ayotte. Ambas son republicanas de
prestigio que no conllevan los mismos riesgos que acompañaban a Sarah Palin, pero no
obstante aun así parecería una concesión, del mismo modo que lo sería elegir a Marco Rubio
para atraer el voto latino, y en ningún modo garantizaría más votos femeninos.
La movilización de votantes de base puede acabar siendo, al final, más importante que la
persuasión de los indecisos en este ciclo. Y si Romney y sus colegas y expertos republicanos
siguen adelante con las acciones y la retórica repulsivas contra los temas que importan a las
mujeres, se podrían encontrar en el punto de mira de la ira femenina.